viernes, 25 de marzo de 2011

"Ampliación del campo de batalla": Michel Houellebecq 1.0

Ampliación del campo de batalla
Michel Houellebecq
Título original: Extension du domain de la lutte
Trad. Encarna Castejón
Col. Compactos, nº 259
Anagrama, 2001

Mirame a los ojos (1977)- Seguiriya de E. Morente 



EXTRACTOS de "Ampliación del campo de batalla" (1994), primera novela del autor.

Está entrada la noche, el día se acerca.
Despojémonos pues de las obras de las
tinieblas y revistamos las armas de la luz.
Romanos, XIII, 12
1.3.
La dificultad es que no basta exactamente con vivir según una norma. De hecho consigues (a veces por los pelos, por los mismos pelos, pero en conjunto lo consigues) vivir según la norma. Tus impuestos están al día. Las facturas pagadas en su fecha. Nunca te mueves sin el carnet de identidad (¡y el bolsillito especial para la tarjeta VISA!...).
Sin embargo, no tienes amigos.
La norma es compleja, multiforme. Aparte de las horas de trabajo hay que hacer las compras, sacar dinero de los cajeros automáticos (donde tienes que esperar muy a menudo). Además, están los diferentes papeles que hay que hacer llegar a los organismos que rigen los diferentes aspectos de tu vida. Y encima puedes ponerte enfermo, lo cual conlleva gastos y nuevas formalidades.
No obstante, queda tiempo libre. ¿Qué hacer? ¿Cómo emplearlo? ¿Dedicarse a servir al prójimo?
Pero, en el fondo, el prójimo apenas te interesa. ¿Escuchar discos? Era una solución, pero con el paso de los años tienes que aceptar que la música te emociona cada vez menos.
El bricolaje, en su más amplio sentido, puede ser una solución. Pero en realidad no hay nada que impida el regreso, cada vez más frecuente, de esos momentos en que tu absoluta soledad, la sensación de vacuidad universal, el presentimiento de que tu vida se acerca a un desastre doloroso y definitivo, se conjugan para hundirte en un estado de verdadero sufrimiento.
Y, sin embargo, todavía no tienes ganas de morir.
Has tenido una vida. Ha habido momentos en que tenias una vida. Cierto, ya no te acuerdas muy bien; pero hay fotografías que lo atestiguan. Probablemente era en la época de tu adolescencia, o poco después. ¡Qué ganas de vivir tenias entonces! La existencia te parecía llena de posibilidades inéditas. Podías convertirte en cantante de variedades; o irte a Venezuela.
Más sorprendente aun es que has tenido una infancia. Mira a un niño de siete años que juega con sus soldaditos en la alfombra del salón. Te pido que lo mires con atención. Desde el divorcio, ya no tiene padre. Ve bastante poco a su madre, que ocupa un puesto importante en una firma de cosméticos. Sin embargo juega los soldaditos, y parece que se toma esas representaciones del mundo y de la guerra con vivo interés. Ya le falta un poco de afecto, no hay duda; ¡pero cuanto parece interesarle el mundo!
A ti también te interesó el mundo. Fue hace mucho tiempo; te pido que lo recuerdes. El campo de la norma ya no te bastaba; no podías seguir viviendo en el campo de la norma; por eso tuviste que entrar en el campo de batalla. Te pido que te remontes a ese preciso momento. Fue hace mucho tiempo, ¿no? Acuérdate: el agua estaba fría.
Ahora estás lejos de la orilla: ¡ah, sí, qué lejos estás de la orilla! Durante mucho tiempo has creído en la existencia de otra orilla; ya no. Sin embargo sigues nadando, y con cada movimiento estás más cerca de ahogarte. Te asfixias, te arden los pulmones. El agua te parece cada vez más fría, y sobre todo cada vez más amarga. Ya no eres tan joven. Ahora vas a morir. No pasa nada. Estoy ahí. No voy a abandonarte. Sigue leyendo.
Vuelve a acordarte, una vez más, de tu entrada en el campo de batalla.
Las páginas que siguen constituyen una novela; es decir, una sucesión de anécdotas de las que yo soy el héroe. Esta elección autobiográfica no lo es en realidad: sea como sea, no tengo otra salida. Si no escribo lo que he visto sufriría igual; y quizás un poco más. Un poco solamente, insisto en esto. La escritura no alivia apenas. Describe, delimita. Introduce una sombra de coherencia, una idea de realismo. Uno sigue chapoteando en una niebla sangrienta, pero hay algunos puntos de referencia. El caos se queda a unos pocos metros. Pobre éxito, en realidad.
(...)
Mi propósito no es hechizarte con sutiles observaciones psicológicas. No ambiciono arrancarte aplausos con mi sutileza y mi sentido del humor. Hay autores que ponen su talento al servicio de la delicada descripción de distintos estados de ánimo, rasgos de carácter, etc. Que no me cuenten entre ellos. Toda esa acumulación de detalles realistas, que supuestamente esboza personajes netamente diferenciados, siempre me ha parecido, perdón por decirlo, una pura chorrada. Daniel, que es amigo de Herve pero que siente algunas reticencias respecto a Gerard. El fantasma de Paul, que se encarna en Virginia, el viaje a Venecia de mi prima…, así nos podríamos pasar horas. Lo mismo podríamos observar a los cangrejos que se pisotean dentro de un tarro (para eso basta con ir a una marisquería). Por otra parte, frecuento poco a los seres humanos.
Al contrario, para alcanzar el objetivo que me propongo, mucho más filosófico, tengo que podar. Simplificar. Destruir, uno por uno, multitud de detalles. Además, me ayudará el simple juego del movimiento histórico. El mundo se uniformiza ante nuestros ojos; los medios de comunicación progresan; el interior de los aparta-mentos se enriquece con nuevos equipamientos. Las relaciones humanas se vuelven progresivamente imposibles, lo cual reduce otro tanto la cantidad de anécdotas de las que se compone una vida. Y poco a poco aparece el rostro de la muerte, en todo su esplendor. Se anuncia el tercer milenio.
(...)

2.7.
(...) Había recuperado algunos en una fábula de animales titulada Diálogos de un teckel y un caniche, que podría calificarse de autorretrato adolescente. En el último capítulo de la obra, uno de los perros le leía a su compañero un manuscrito descubierto en el archivador de su joven amo: (...)
“Tras haber recorrido con una lenta y fría mirada el escalonamiento de los diversos apéndices de la función sexual, creo que ha llegado el momento de exponer el teorema central de mi apocrítica. A menos que ustedes detengan el implacable avance de mi razonamiento con esta objeción que, magnánimo, les dejaré formular: “Busca usted todos sus ejemplos en la adolescencia, que sin duda es una etapa importante de la vida, pero que al fin de cuentas ocupa en ella una fracción bastante breve. ¿No teme que sus conclusiones, cuyo vigor y agudeza admiramos, resulten al final parciales y limitadas? A este amable opositor le
contestaré que la adolescencia no sólo es una etapa importante de la vida, sino que es la única etapa en la que se puede hablar de vida en el verdadero sentido del término. Los atractores pulsionales se desenfrenan en torno a los trece años y luego disminuyen poco a poco, o más bien se resuelven en modelos de comportamiento que a fin de cuentas solo son fuerzas petrificadas. La violencia del estallido inicial hace que el resultado del conflicto pueda ser incierto durante muchos años; es lo que se llama, en electrodinámica, un régimen transitorio. Pero poco a poco las oscilaciones se vuelven más lentas, hasta convertirse en ondas anchas, melancólicas y dulces; a partir de ese momento ya está todo dicho, y la vida ya no es más que una preparación a la muerte. Lo cual puede expresarse de forma más brutal y menos exacta diciendo que el hombre es un adolescente disminuido.
“Así que, tras haber recorrido con una lenta y fría mirada el escalonamiento de los diversos apéndices de la función sexual, creo que ha llegado el momento de exponer el teorema central de mi apocrítica. Utilizaré el incentivo de una fórmula condensada, pero suficiente, que es ésta:
La sexualidad es un sistema de jerarquía social
“En esta fase, necesito más que nunca arropar mi formulación en los austeros despojos del rigor. A menudo, el enemigo ideológico se agazapa cerca de la meta, y se arroja con un grito de odio a la entrada de la última curva sobre el pensador imprudente que, embriagado al sentir que los primeros rayos de verdad rozan su frente exangüe, había descuidado tontamente cubrirse las espaldas. No voy a caer en este error; dejando que se enciendan por si mismos en sus cerebros los candelabros de la estupefacción, seguiré desplegando los anillos de mi razonamiento con la silenciosa moderación del crótalo. Por lo tanto, me guardaré de ignorar la objeción que me haría cualquier lector atento: en el segundo ejemplo he introducido, subrepticiamente, el concepto de amor, mientras que hasta entonces mi argumentación se basaba en la pura sexualidad. ¿Contradicción? ¿Incoherencia? ¡Ja, ja, ja!
“Marthe y Martin llevan cuarenta y tres años de matrimonio. Como se cansaron a los veintiuno, resulta que tienen sesenta y cuatro años. Ya están jubilados o a punto de estarlo, según el régimen social que se aplica en su caso. Como suele decirse, van a acabar su vida juntos. En estas condiciones, está claro que se forma una entidad “pareja”, pertinente aun fuera de cualquier contacto social, y que en algunos niveles menores llega a igualar o a sobrepasar en importancia al viejo gorila individual. En mi opinión, podemos reconsiderar en este marco la eventualidad de dotar de sentido al término “amor”.
“Tras haber erizado mi pensamiento con las estacas de la restricción puedo añadir que el concepto de amor, a pesar de su fragilidad ontológica, ostenta y ostentaba hasta fecha reciente todos los atributos de una prodigiosa potencia operatoria. Forjado a toda prisa, tuvo inmediatamente una gran público, e incluso en nuestros días son pocos los que renuncian clara y deliberadamente a amar. Este evidente éxito tendería a demostrar una misteriosa correspondencia con no sé qué necesidad constitutiva de la naturaleza humana. Sin embargo, y este es el punto exacto en que el analista vigilante se aparta del que devana pamplinas, me guardaré de formular ni la más sucinta hipótesis sobre la naturaleza de dicha necesidad. Sea como fuere, el amor existe, puesto que sus efectos pueden ser observados. Una frase digna de Claude Bernard, y me gustaría dedicársela. ¡Oh, sabio inatacable! No es casualidad si las observaciones en apariencia más alejadas del objetivo que te proponías inicialmente se ordenan, una tras otra y como cebadas codornices, bajo la resplandeciente majestad de tu aura protectora. El protocolo experimental que con rara convicción definiste en 1.865 debe de ser muy resistente, puesto que los hechos más extravagantes solo pueden cruzar la tenebrosa barrera de la cientificidad tras haberse encomendado a la rigidez de tus leyes inflexibles. Te saludo, fisiologista inolvidable, y declaro en voz bien alta que no haré nada que pueda abreviar, por poco que sea, la duración de tu reinado. Construyendo con mesura las columnas de una axiomática indudable, observaré en tercer lugar que la vagina, al contrario de lo que su apariencia pueda hacer pensar, es mucho más que un agujero en un pedazo de carne (sé muy bien que los chicos de las carnicerías se masturban con escalopes… ¡que sigan!, ¡eso no va a frenar el desarrollo de mis ideas!). En realidad la vagina está, o lo estaba hasta hace poco, al servicio de la reproducción de las especies. Sí, de las especies".(...)

2.8.
(...)
No pude contestarle, claro; pero volví al hotel bastante pensativo. Definitivamente, me decía, no hay duda de que en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, con completa independencia del dinero; y se comporta como un sistema de diferenciación tan implacable, al menos, como éste. Por otra parte, los efectos de ambos sistemas son estrictamente equivalentes. Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto. Algunos hacen el amor todos los días; otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Algunos hacen el amor con docenas de mujeres; otros con ninguna. Es lo que se llama la "ley del mercado". En un sistema económico que prohibe el despido libre, cada cual consigue, más o menos, encontrar su hueco. En un sistema sexual que prohibe el adulterio, cada cual se las arregla, más o menos, para encontrar su compañero de cama. En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el paro y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad. A nivel económico, Raphaël Tisserand está en el campo de los vencedores; a nivel sexual, en el de los vencidos. Algunos ganan en ambos tableros; otros pierden en los dos. Las empresas se pelean por algunos jóvenes diplomados; las mujeres se pelean por algunos jóvenes; los hombres se pelean por algunas jóvenes; hay mucha confusión, mucha agitación.
(...)
Veronique estaba “en análisis”, como suele decirse; ahora me arrepiento de haberla conocido. Hablando en general, no hay nada que sacar de las mujeres en análisis. Una mujer que cae en manos de un psicoanalista se vuelve inadecuada para cualquier uso, lo he comprobado muchas veces. No hay que considerar este fenómeno un efecto secundario del psicoanálisis, sino simple y llanamente su efecto principal. Con la excusa de reconstruir el yo los psicoanalistas proceden, en realidad, a una escandalosa destrucción del ser humano. Inocencia, generosidad, pureza… trituran todas estas cosas entre sus manos groseras. Los psicoanalistas, muy bien remunerados, pretenciosos y estúpidos, aniquilan definitivamente en sus supuestos pacientes cualquier aptitud para el amor, tanto mental como físico; de hecho, se comportan como verdaderos enemigos de la humanidad. Implacable escuela de egoísmo, el psicoanálisis ataca con el mayor cinismo a chicas estupendas pero un poco perdidas para transformarlas en putas innobles, de un egocentrismo delirante, que solo suscitan un legitimo desagrado. No hay que confiar, en ningún caso, en una mujer que ha pasado por las manos de los psicoanalistas. Mezquindad, egoísmo, ignorancia arrogante, completa ausencia de sentido moral, incapacidad crónica para amar: éste es el retrato exhaustivo de una mujer “analizada”.
Tengo que decir que Veronique coincidía, punto por punto, con esta descripción. La quise tanto como pude; lo cual representa mucho amor. Ahora se que derroche ese amor para nada; habría hecho mejor rompiéndole ambos brazos.No cabe duda de que ella tenia desde siempre, como todas las depresivas, disposición al egoísmo y la falta de ternura; pero el psicoanálisis la transformo de forma irreversible en una verdadera basura, sin tripas ni conciencia; un desperdicio envuelto en papel satinado. Recuerdo que tenía un tablón blanco donde solía apuntar cosas del tipo “guisantes”“planchado”. Una tarde, al volver de la sesión, anoto esta frase de Lacan: “Cuanto más desagradable seas, mejor irán las cosas.” Sonreí; y me equivocaba. En aquella fase, la frase no era más que un programa; pero Veronique iba a aplicarla punto por punto.
Una noche en que ella no estaba, me tragué un frasco de Largactyl. Luego me entró el pánico y llamé a los bomberos. Tuvieron que llevarme a urgencias, hacerme un lavado de estomago, etc. En resumen, que me faltó un pelo para quedarme en ésa. Y la muy guarra (¿como llamarla si no?) ni siquiera fue a verme al hospital. Cuando volví “a casa”, si puedo llamarla así, todo lo que se le ocurrió como bienvenida fue que yo era egoísta y lamentable; su interpretación del acontecimiento es que me las había arreglado para causarle preocupaciones añadidas, y ella “ya tenía bastante con sus problemas de trabajo”. La repugnante muchachita llegó incluso a decirme que estaba intentando hacerle “un chantaje emocional”; cuando lo pienso, lamento no haberle trinchado los ovarios. En fin, ya es cosa del pasado.
También recuerdo la noche en que llamó a la policía para que me echara de su casa. ¿Por qué “de su casa”? Porque el apartamento estaba a su nombre, y ella pagaba el alquiler más a menudo que yo. Este es el primer efecto del psicoanálisis: desarrollar en sus victimas una avaricia y una mezquindad ridículas, casi increíbles. Inútil intentar ir a un café con alguien que se está analizando: inevitablemente empieza a discutir los detalles de la cuenta, y uno acaba teniendo problemas con el camarero. Así que allí estaban aquellos tres policías gilipollas, con sus walkie-talkies y sus aires de conocer la vida mejor que nadie. Yo estaba en pijama y temblaba de frío; me había agarrado, bajo el mantel, a las patas de la mesa; estaba decidido a que me llevaran a la fuerza. Mientras tanto, la muy petarda les enseñaba facturas de alquiler para establecer sus derechos sobre el lugar; probablemente esperaba que sacaran las porras. Esa misma tarde había tenido “sesión”, había repuesto todas sus reservas de bajeza y de egoísmo; pero yo no cedí, reclamé una investigación suplementaria, y aquellos estúpidos policías tuvieron que abandonar la casa. Por lo demás, al día siguiente me marché para siempre.

2.10
(...) Desde el punto de vista amoroso Veronique pertenecía, como todos nosotros, a una generación sacrificada. Había sido, desde luego, capaz de amar; le habría gustado seguir siéndolo, se lo concedo; pero ya no era posible. Fenómeno raro, artificial y tardío, el amor solo puede nacer en condiciones mentales especiales, que pocas veces se reúnen, y que son de todo punto opuestas a la libertad de costumbres que caracteriza la época moderna. Veronique había conocido demasiadas discotecas y demasiados amantes; semejante modo de vida empobrece al ser humano, infligiéndole daños a veces graves y siempre irreversibles. El amor como inocencia y capacidad de ilusión, como aptitud para resumir el conjunto del otro sexo en un solo ser amado, rara vez resiste un año de vagabundeo sexual, y nunca dos. En realidad, las sucesivas experiencias sexuales acumuladas en el curso de la adolescencia minan y destruyen con toda rapidez cualquier posibilidad de proyección de orden sentimental y novelesca; poco a poco, y de hecho bastante deprisa, se vuelve uno tan capaz de amar como una fregona vieja. Y desde ese momento uno lleva, claro, una vida de fregona; al envejecer se vuelve menos seductor, y por lo tanto amargado. Uno envidia a los jóvenes, y por lo tanto los odia. Este odio, condenado a ser inconfesable, se envenena y se vuelve cada vez mas ardiente; luego se mitiga y se extingue, como se extingue todo. Y solo quedan la amargura y el asco, enfermedad y esperar la muerte.(...)

3.5
(...)
Un poco mayor, de origen social más modesto, la psicóloga que trabajaba con él me proporcionó, por el contrario, una valiosísima ayuda. Cierto que estaba haciendo una tesis sobre la angustia, y que necesitaba material. Usaba una grabadora Radiola; me pedía permiso para ponerla en marcha. Por supuesto, yo aceptaba. Me gustaban sus manos estropeadas, con las uñas roídas, cuando apretaba la tecla Record. Y eso que yo siempre había odiado a las estudiantes de psicología; pequeñas zorras, eso es lo que pienso de ellas. Pero esa mujer de más edad, que uno se imaginaba con los brazos metidos en la colada y un turbante enrollado a la cabeza, casi me inspiraba confianza.
Sin embargo, al principio nuestras relaciones no fueron fáciles. Ella me reprochaba que hablase en términos demasiados generales, demasiado sociológicos. En su opinión, tenía que implicarme, intentar “volver a concentrarme en mi mismo”.
-Pero es que ya estoy un poco harto de mí mismo… -objetaba yo.
-Como psicóloga no puedo aceptar un discurso semejante, ni apoyarlo de ninguna manera. Al teorizar sobre la sociedad, usted establece una barrera y se protege tras ella; a mí me toca destruir esa barrera para que podamos trabajar sobre sus problemas personales.
Este diálogo de sordos continuó durante un poco mas de dos meses. En el fondo, creo que yo le caía bien. Recuerdo una mañana, era ya a comienzos de la primavera; por la ventana veía a los pájaros saltar sobre el césped. Ella parecía fresca, relajada. Al principio tuvimos una breve conversación sobre mis dosis de medicamentos; y luego, de forma directa, espontánea, muy inesperada, ella me preguntó: “En el fondo, ¿por qué es tan desgraciado?”. Esa franqueza no era nada corriente. Y yo también hice algo fuera de lo común; le tendí un pequeño texto que había escrito la noche anterior para distraer el insomnio.
-Preferiría escucharle… -dijo ella.
-Léalo de todos modos.
Definitivamente, estaba de buen humor; cogió la hoja que yo le tendía y leyó las siguientes frases: “Algunos seres experimentan enseguida una aterradora imposibilidad de vivir por sus propios medios; en el fondo no soportan ver su vida cara a cara, y verla entera, sin zonas de sombra, sin segundos planos. Estoy de acuerdo en que su existencia es una excepción a las leyes de la naturaleza, no sólo porque esta fractura de inadaptación fundamental se produce aparte de cualquier finalidad genética, sino también a causa de la excesiva lucidez que presupone, lucidez que trasciende claramente los esquemas perceptivos de la existencia ordinaria. A veces basta con colocarles otro ser delante, a condición de suponerlo tan puro y transparente como ellos mismos, para que esta insoportable fractura se convierta en una aspiración luminosa, tensa y permanente hacia lo absolutamente inaccesible. Así pues, como un espejo que devuelve día tas día la misma imagen desesperante, dos espejos paralelos elaboran y construyen una red límpida y densa que arrastra al ojo humano a una trayectoria infinita, sin limites, infinita en su pureza geométrica, mas allá del sufrimiento y del mundo.”
Alcé los ojos, la miré. Parecía un poco sorprendida. Al final, aventuró: “Lo del espejo es interesante…” Debía de haber leído algo en Freud, o en Mickey Parade. En fin, hacía lo que podía, era amable. Animándose, añadió:
-Pero preferiría que me hable directamente de sus problemas. Está siendo demasiado abstracto otra vez.
-Quizás. Pero no entiendo, hablando en concreto, como consigue vivir la gente. Tengo la impresión de que todo el mundo debería ser desgraciado; ya ve, vivimos en un mundo tan sencillo… Hay un sistema basado en la dominación, el dinero y el miedo, un sistema más bien masculino, que podemos llamar Marte; y hay un sistema femenino basado en la seducción y el sexo, que podemos llamar Venus. Y eso es todo. ¿De verdad es posible vivir y creer que no hay nada más? Maupassant pensaba, y con él los realistas del siglo XIX, que no había nada más; y eso lo llevó a la locura.
-Lo confunde usted todo. La locura de Maupassant no es más que una fase típica del desarrollo de la sífilis. Todo ser humano normal acepta los dos sistemas de los que usted habla.
-No. Si Maupassant se volvió loco, fue porque tenia una aguda conciencia de la materia, de la nada y de la muerte, y porque no tenia conciencia de nada más. En eso se parecía a nuestros contemporáneos: establecía una separación absoluta entre su existencia individual y el resto del mundo. Esa es la única manera en que podemos pensar el mundo actualmente. Por ejemplo, una bala de una Mágnum del 45 puede rozarme la cara e incrustarse en la pared que tengo detrás; yo saldré ileso. En caso contrario, la bala destrozará la carne, el dolor físico será considerable; tendré el rostro mutilado; tal vez el ojo también estalle, y en ese caso seré mutilado y tuerto; desde ese momento inspiraré repugnancia a los demás hombres. Hablando más en general, todos estamos sometidos al envejecimiento y a la muerte. Estas nociones de vejez y de muerte son insoportables para el individuo; se desarrollan soberanas e incondicionales a nuestra civilización, ocupan progresivamente el campo de la conciencia, no dejan que en ella subsista nada más. Así, poco a poco, se establece la certeza de que el mundo es limitado. El mismo deseo desaparece; solo quedan la amargura, los celos y el miedo. Sobre todo, queda la amargura; una amargura inmensa, inconcebible. Ninguna civilización, ninguna época han sido capaces de desarrollar en los hombres tal cantidad de amargura. Desde este punto de vista, vivimos tiempos sin precedentes. Si hubiera que resumir el estado mental contemporáneo en una palabra yo elegiría, sin dudarlo, amargura.
Al principio, ella no contestó. Reflexionó unos segundos y luego me preguntó:
-¿Cuándo fue la última vez que tuvo relaciones sexuales?
-Hace algo más de dos años.
-¡Ah! – exclamó ella casi con triunfo- ¡Ya lo ve! En esas condiciones, ¿Cómo quiere amar la vida?...
-¿Querría hacer el amor conmigo?
Ella se quedó confusa, creo que incluso enrojeció un poco. Tenia cuarenta años, estaba delgada y bastante estropeada; pero esa mañana me parecía realmente encantadora. Guardo un recuerdo muy dulce de ese momento. Un poco a su pesar, sonreía; creí que iba a decir que sí. Pero al final se dominó:
-Ese no es mi papel. Como psicóloga, mi papel es ayudarle a recuperar un estado en el que pueda poner en práctica estrategias de seducción que le permitan volver a tener relaciones normales con mujeres.
En las siguientes sesiones hizo que la sustituyera un colega.
(...)

3.6
Por paradójico que parezca, hay un camino a recorrer
y hay que recorrerlo, pero no hay viajero.
Hay actos, pero no hay actor.
Sattipathana-Sutta, XLII,16
(...)
Me tumbo en una pradera, al sol. Y ahora siento dolor, tendido en esta pradera, tan dulce, en mitad de un paisaje amable, tan sereno. Todo lo que podría haber sido fuente de participación, de placer, de inocente armonía sensorial, se ha convertido en fuente de dolor y sufrimiento. A la vez siento, con una violencia increíble, la posibilidad de alegría. Desde hace años camino junto a un fantasma que se me parece y que vive en un paraíso teórico, en estrecha relación con el mundo. Durante mucho tiempo he creído que tenia que reunirme con él. Ya no.
(...)

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