jueves, 7 de julio de 2011

El movimiento inmóvil - ensayo de Daniel Zamora sobre el 15M


Un extenso artículo de Daniel Zamora para Jot Down sobre el movimiento 15M desde una visión crítica, tan saludable y necesaria como inexistente hasta el momento, del que el periodista Arcadi Espada señala:
"Lo mejor que he leído sobre los indignantes y el PP, quiero decir el partido de los perroflautas, lo ha escrito el filósofo Daniel Zamora en la misteriosa Jot Down.
Hay, por ejemplo, en su texto una aguda apreciación sobre la forma de las acampadas: «Un foro generalista de Internet trasplantado al aire libre». Exactísimo. Un foro sin moderador, desde luego, y con los patéticos resultados conocidos. El ensayito es breve, pero no a la manera del abuelito Hessel. Este es profundo. Y cada palabra lleva adosada una joroba de muchas ideas. Como tiene que ser. Que la paja va cara..."

El movimiento inmóvil
por Daniel Zamora


Pocas cosas son tan sencillas como idealizar un vago movimiento romántico, de indefinidos objetivos utópicos, que produce básicamente lemas pseudosituacionistas y una eficaz autogestión de la nada. Esta facilidad edulcorante se manifiesta sobre todo en la rapidez con la que la mayor parte de los intelectuales tendenciosos de izquierdas —periodistas, escritores, académicos, pensadores y todos aquellos comentaristas que se obstinan en verse como irreductibles outsiders aunque se encuentren perfectamente integrados en el sistema— quedan inmediatamente seducidos y desarmados ante la irrupción de unos jóvenes airados en el dogmático y esclerotizado panorama político nacional, rendidos con entusiasmo al hechizo de la buena voluntad insurrecta en lugar de preguntarse fríamente a qué inédito fenómeno se están enfrentando. Con candoroso optimismo e inexplicable precipitación, estos doctos jueces de la actualidad creen hallarse ante un movimiento postmoderno adecuado a estos tiempos ligeros, fragmentarios y flexibles, un nuevo fenómeno político sin los viejos y pesados tics revolucionarios de antaño, un amable e inofensivo pastiche multicolor que puede ser defendido sin peligro, a la vez que el defensor se presenta ante su audiencia como un pensador moderno y enterado que puede dárselas de haber penetrado mejor que sus rancios colegas en la esencia de la cosa y de ser capaz de olfatear con sus finas narices el sutil espíritu del tiempo. Esto es lo que ocurre cuando se confunde alegremente la vacuidad con la flexibilidad, el batiburrillo con la pluralidad, el simplismo populista con la autenticidad multitudinaria, la estéril inmadurez política con el utopismo de nueva generación, pues lo que se pretende tan a la última deviene, en el mejor de los casos y tras una reflexión desprejuiciada, la aplicación glamourosa de las nuevas tecnologías de la comunicación al viejo y sensiblero socialismo utópico y, en el peor de los supuestos, una absurda cooperación por la cooperación de unos anónimos desnortados que se sienten con derecho a todo por su condición doliente.
Aunque la aparición de los ridículamente llamados “indignados” choque con el rechazo visceral de los analistas más retrógrados, temerosos de toda alteración incontrolada del orden público, o se tope con la desaprobación y la condena de las plumas separatistas, molestas por la escasa pasión con que se defienden sus momificadas reclamaciones patrióticas, mientras que sólo algunas aisladas voces independientes les critican debidamente desde puntos de vista despojados de lastres mezquinos e intereses sectarios, lo cierto es que hay más racionalidad en estos ataques motivados por aversiones irracionales y rencores ideológicos que en las bochornosas apologías chiripitifláuticas de sus oportunistas apóstoles, las cuales se mueven entre la fe ciega del nostálgico escritor paternalista, que reconoce con orgullo en las quejas de los jóvenes actuales las brisas lejanas de su perdida juventud opositora, y la complicidad pretendidamente reflexiva del acomodado rastreador de tendencias, cuya peor pesadilla consiste en verse desbancado de la vanguardia de las modas dominantes. La que debería ser la preocupación principal de unos y otros, es decir, el honrado esclarecimiento de la verdad y su divulgación sin miedo a las consecuencias, parece haber cedido a las presiones del corazón y a las conveniencias de la fama. Buena parte del periodismo español, especialmente aquel que exhibe subrayados escrúpulos sociales junto a una incurable mala conciencia burguesa, se ha embarcado en una peligrosa legitimación instantánea de estas oscuras sacudidas anónimas de naturaleza ignota y rumbo impredecible, a las que tan sólo aconseja, desde una irrisoria incomprensión benevolente de los procesos masivos, que procuren no derivar en estallidos de violencia incivil ni en programas de destrucción de las instituciones. Por eso ni siquiera sorprende ya, en vista de que los principales poderes informativos han claudicado por lo que se refiere a su deber de transmitir y analizar los hechos desapasionadamente, el enorme abismo que se abre entre la cutrez cotidiana de los campamentos reivindicativos y su embellecimiento sensacionalista por parte de esta prensa condescendiente, transformada en una obscena industria del entretenimiento ávida de impactos y sustentada en la sustitución controlada del mayor espectáculo de la semana por una nueva y emocionante intriga serial.
Lo primero que cabe preguntarse cuando se aborda la investigación de este acontecimiento tumultuoso es qué clase de personas componen fundamentalmente el denominado “movimiento del 15-M”, sin dejarse engañar por el hecho deplorable de que el nivel de “perroflautismo” de los últimos irreductibles que vegetan en las plazas alcance un 10 en la escala de Macaco, pues los que se han especializado en vivir a costa de organismos más sanos prosperan en estos medios empantanados, endogámicos y decadentes donde pueden hacer impunemente de las suyas con el consentimiento general. Como se ha podido constatar cada vez que el movimiento ha logrado reunir con éxito las mayores concentraciones de simpatizantes, mediante convocatorias anónimas difundidas a través de Internet, la base del movimiento se compone de un sustrato juvenil inexperto que acoge transversal y ocasionalmente muy distintas edades, clases sociales, idearios políticos y situaciones personales. También es evidente que entre los ingenuos novatos de sentimientos puros y los curtidos militantes de buena fe se disemina la lacra de los charlatanes oportunistas y los diletantes verbosos: los habituales narradores veteranos de mil patéticas batallitas perdidas, reales o imaginarias; jubilados barbudos enemistados con la higiene que se creen de vuelta de todo; viejos revolucionarios caraduras que fuman en pipa, sestean bajo las tiendas y pontifican desde su abisal ignorancia, todos ellos tratando ansiosamente de revalorizarse entre algunos jóvenes incautos, en los que al fin encuentran unos oídos predispuestos que escuchan con respeto y admiración sus trasnochados consejos de farsantes pelmazos. Pero la mayor amenaza para la integridad saludable de esta reunión de jóvenes sublevados no es la legión senil de solitarios impostores sedientos de atención sino las manadas dañinas de golfos y granujas que acuden a pescar en estos ríos revueltos. Al igual que sucede en las casas abandonadas que han sido invadidas por militantes de la ocupación, el movimiento de conquista de las plazas se ha convertido en un foco de atracción de parásitos, sinvergüenzas y aprovechados, de gentuza y morralla de toda índole, de holgazanes, rateros, mendigos, borrachos, ladrones, pícaros y vagabundos malintencionados. El sentido lúdico, el talante desenfadado y la predisposición caritativa de sus componentes más sanos impidió que advirtieran a tiempo que la dura vida callejera y la pernoctación urbana al aire libre están llenas de amenazas y peligros, puesto que un desprotegido asentamiento filantrópico expuesto a todas las miradas, a todas las insolaciones y a todos los acechos constituye un imán irresistible para las voraces hordas marginales de la gran ciudad.
Lo que sorprende al observar más detenidamente este chocante fenómeno social es su extraordinaria capacidad para originar una gran y muy diversa actividad sin sentido, un enorme caudal de movimiento inútil y disperso que no va a ninguna parte, un inagotable chorro de energía despilfarrada que retorna a su propio seno sin haber llegado nunca a partir de sí. La única razón de que tantas cosas se muevan tanto al mismo tiempo es conseguir que la actividad de los que se han puesto en marcha no se detenga en ningún momento, aunque no haya un objetivo determinado hacia el que aproximarse o, lo que es lo mismo, aunque todos los objetivos propuestos por ciertas ideologías tácita y mayoritariamente aprobadas posean la misma validez. Es, por tanto, un movimiento abstracto y puro que sólo se mueve con el fin de moverse a sí mismo, una movilización vacua, estéril y ensimismada de fuerzas confusas, como lo demuestra el hecho de que la mayor parte de las proposiciones planteadas en sus asambleas sean absolutamente irrealizables dentro de las actuales condiciones de existencia, o ideas ya recogidas en los programas de algunos partidos políticos, o irrelevantes detalles problemáticos concernientes a la administración interna de los ocupantes.
Una vez superada la enorme perplejidad que provoca esta primera y pésima impresión de desperdicio y disparate, se puede aseverar que la esencia del movimiento del 15-M se despliega en varias acepciones compatibles al mismo tiempo: exabruptos y desahogos coordinados que fundan una precaria isla metropolitana de los deseos; una exhibición de malestar básicamente juvenil, a ratos pacífica y a ratos agresiva, que hace suya cualquier otra demostración de disgusto social; una expresión multitudinaria y antijerárquica del descontento popular; una integradora comunión festiva de desafortunados, desesperados y desencantados de toda índole; un foro generalista de Internet trasplantado al aire libre, con reglas internas de funcionamiento, secciones y subsecciones temáticas, debates por el mero gusto de debatir, moderadores que se turnan en el cargo, miembros habituales, participantes ocasionales, visitantes, curiosos y alborotadores, puesto que las relaciones de colaboración anónima y de debate igualitario propias de Internet se han trasladado a las calles, tomando las plazas de las grandes ciudades como si fueran webs de redes sociales; un mini Estado paralelo donde está prohibido el mal rollo y donde la gente en apuros encuentra el afecto y la comprensión de sus semejantes; una estancada y viciada protesta pública por los infortunios personales y mundiales, etc. Todo este torpe barullo se impregna unas veces de un difuso efluvio evocador de la ingenua acracia sentimentalista, mientras que otras veces se atufa con una peste a fritanga que retrotrae a las barras de los bares casposos donde se arreglan los problemas del mundo con cuatro frases demagógicas hechas, pero en ningún momento ha sido capaz de dotarse del limpio y claro soplo de los discursos que son a un tiempo racionales, políticos, articulados y unitarios, aunque este grave defecto aéreo sea, para ciertos analistas new wave, la mayor virtud del fenómeno, pues al parecer el funcionamiento reivindicativo más cool hoy día es la impotencia a la hora de proponer ideas valiosas y emprender acciones con sentido. Estas carencias esenciales radican en la anormal naturaleza de un movimiento que sólo es político en apariencia y que en realidad consiste en una excrecencia protestante de carácter poético, sentimental y espiritual, pero de baja condición poética, de pervertida especie sentimental y de escasa altura espiritual. Por desgracia parece tratarse de un superficial subproducto político, de un sucedáneo naïv de movimiento emancipatorio, que oscila entre la ingeniosa cursilería utópica (“Sol ya lo tenemos. Ahora vamos a por la Luna”) y la metamorfosis retórica de los triviales exabruptos del taxista malhumorado (“No hay pan para tanto chorizo“).
Por todo el territorio español han brotado como setas alucinógenas estos campamentos lúdicos, estos poblados mágicos donde la gente desgraciada acude a pedir sus deseos y a esperar a que se cumplan sus sueños de mejoría. ¿Pero a quién le piden la ejecución de ese alud de anhelos posibles y aspiraciones imposibles? ¿A qué oyente se dirigen con la esperanza de que escuche el relato de todas sus quimeras y de que posea el maravilloso poder de realizar las fantasías ajenas? ¿A ciertos sectores sociales, a la sociedad en su conjunto, a la elite política, al gobierno, a la oposición, a la magistratura, a la burocracia, a los sindicatos, a la patronal, a la banca, a los mercados financieros, a las multinacionales extranjeras, a las instituciones europeas, al mundo entero, a sus dioses particulares? Da la impresión de que ni los propios demandantes tienen claro a quién están interpelando con sus quejas y reclamaciones y a quién suponen competente y capacitado para darles satisfacción. La propia génesis del movimiento y las fases iniciales de su desarrollo ya apuntaban a esta indefinición del lanzamiento de mensajes contradictorios, a la infundada conjetura de un desconocido interlocutor todoterreno semejante al genio de Aladino. Como es sabido, la primera ocupación de una plaza importante se decidió espontáneamente gracias a un rapto reivindicativo surgido del enfado del momento, tras lo cual se fueron agregando al reducido núcleo fundador nuevos apoyos que aumentaban el número de los concentrados capitalinos y que ocupaban otras plazas lejanas por pura imitación del impreciso enojo inicial. Este período germinal se dio por cerrado cuando, una vez conquistado el espacio político y llamada la atención de los sorprendidos paisanos, llegó el momento de sentarse a discutir para acordar entre todos cuáles habían sido las razones y los fines de los actos impulsivos que habían precedido este debate sobre la propia identidad, sin que de ahí saliera ninguna respuesta incontrovertible que iluminara las cuestiones esenciales que requerían aclaración: quiénes somos, qué hacemos, qué decimos, por qué nos hemos reunido, qué pretendemos lograr, con quién, contra quién, para quién, etc. Esta curiosa forma de actuar, que primero emprende a ciegas cualquier acción sonada y luego da sentido a posteriori a los hechos consumados, es sin duda un proceder absurdo, brumoso y antipolítico, puesto que en política primero se consideran con claridad los intereses y objetivos por los que vale la pena ponerse en movimiento y luego se inician las acciones encaminadas a conseguirlos. Asimismo, es políticamente imprescindible dar un contenido exacto a la solidaridad de que se trate, es decir, saber contra quién se junta uno con sus iguales, pues no es lo mismo combatir al Gobierno que al Estado, a los políticos que a los banqueros, al Capitalismo que a las corporaciones multinacionales, a la OTAN que al FMI, el deterioro medioambiental que el patriarcado machista, las guerras en general que la evolución fatal de las cosas, ni es equivalente pedirle cambios al Presidente, al Parlamento, al Rey, a un poder extranjero, a la ciudadanía, a la burguesía, a Dios, a la Humanidad, a la Naturaleza o a la mismísima condición humana.
Pese a que los aprendices de insurrecto parezcan andar desorientados, se les acusa injustamente de ignorar por qué razón están luchando y qué es lo que están pidiendo con sus acciones o inacciones, puesto que estos activistas improvisados no tienen la menor duda al respecto: cada uno pide por lo suyo, cada individuo irrepresentable lucha por su causa favorita y todos piden de todo a todos. Pero este vago pastiche de deseos y fantasías, a veces contradictorios y a veces incompatibles, que constituye su indiscriminada relación de objetivos fluctuantes es lo mismo que una declaración de analfabetismo político. La ventaja más obvia de este alegre proceder desordenado es que cualquier ciudadano insatisfecho puede sentirse un integrante de este movimiento, puesto que es muy fácil que cualquiera encuentre en este indigesto guirigay postmoderno algún ingrediente apetecible con el que pueda sentirse identificado y que le impulse a despertar de su letargo acomodaticio: la mejora y saneamiento sin especificar de nuestra democracia, la reforma de lo que a cada cual se le antoje que deba ser reformado, el estallido de una revolución del tipo que cada cual prefiera, la regeneración de la vida pública por parte de quien se encargue de estas cosas, la instauración de una nueva república o de la forma de gobierno favorita de cada demandante, la realización de los cambios que se considere pertinente realizar en la ley electoral, poner fin al bipartidismo, acabar con el sistema de partidos, controlar la financiación de esos mismos partidos políticos que se pretende eliminar, reformar el Senado, suprimir el Senado, permitir las copias gratuitas e ilimitadas de los contenidos audiovisuales protegidos, promover el abstencionismo, regular el libre mercado financiero, acabar con el libre mercado financiero, derogar la reforma universitaria desarrollada en el plan de Bolonia, relajar el control y la persecución de los inmigrantes indocumentados, franquear el paso indiscriminadamente a todo extranjero, evitar los recortes presupuestarios en la sanidad y la educación públicas, detener las privatizaciones del sector público, impedir la bajada de las pensiones, promover el aumento de los salarios, acabar con el paro, terminar con la precariedad laboral, sustituir la democracia representativa por la democracia directa, reemplazar las listas cerradas por las listas abiertas, perdonar las hipotecas de los endeudados más empobrecidos, eliminar la corrupción de los cargos políticos, bajar los impuestos, abolir los impuestos, regular con mayor eficacia el capitalismo, poner fin al capitalismo, poner fin al consumismo, poner fin a la tauromaquia, poner fin a la energía nuclear, hacer efectivo el derecho a la vivienda, hacer efectivos los derechos de los homosexuales, hacer efectivos los derechos humanos, hacer efectivo el amor universal, lograr un cambio general, lograr un despertar mundial de las conciencias, lograr que el pueblo, el país o la Tierra se pongan en movimiento, lograr un futuro mejor para todos los jóvenes, para todos los españoles o para todos los terrícolas, lograr la unidad popular, lograr la solidaridad internacional, lograr la comunión planetaria, obtener la autonomía de los pueblos oprimidos, defender el feminismo, defender el ecologismo, defender el vegetarianismo, defender el animalismo, defender el humanismo, defender el pacifismo, defender el filantropismo, defender el socialismo, defender el espiritualismo, y así ad infinitum.
Aunque numerosos intérpretes del movimiento entiendan que lo que reclaman sus integrantes puede resumirse en el deseo de que la política deje de estar subordinada al poder financiero y de que la vida deje de estar relegada al olvido por la política, ese supuesto extracto teórico no es sino una selección personal de las incontables demandas expresadas, una seductora simplificación que otorga cierta entidad y coherencia a lo que no tiene entidad ni coherencia, una síntesis falsificadora y favorecedora que disimula la verdadera esencia de las peticiones del 15-M, y que lo sería aunque se demostrara que todos los movilizados están de acuerdo con esas dos ideas, pues lo que piden en realidad no es ni esto ni lo otro, ni tampoco una directriz teórica que englobe esto, lo otro y lo de más allá, sino un cambio indeterminado, universal y caprichoso apoyado en una serie de creencias triviales. Entre la selvática proliferación de carteles con ingeniosas ocurrencias críticas y contundentes eslóganes reivindicativos se puede entrever el elemental ideario político en que se sustenta el fenómeno: “Todo lo que actualmente nos domina y condiciona (Políticos corruptos, banqueros rapaces, salarios miserables, contratos esclavistas, democracia amañada, presente repugnante, futuro tenebroso…) es pura y simple basura, material de desecho, un organismo podrido, un edificio en ruinas”. “Estamos indignados con todo lo que ocurre (en nuestras vidas personales, en las esferas públicas de nuestro país, en el mundo entero…) porque todo nos perjudica y nos agrede. Por eso, los perjudicados y agredidos por la marcha de las cosas hemos de unirnos y hacer algo para mejorarla” es la única y abstracta proclama que en el fondo los reúne más allá de sus incontables diferencias. “No nos gusta cómo están las cosas, o cómo van mis cosas, y pedimos a quien se ocupe de realizar nuestros sueños que nuestros deseos se hagan realidad ahora mismo”. Es, por tanto, un “cada loco con su causa/todos con la causa de cada uno”, un “¿y qué hay de lo de cada cual?” apoyado por el grupo momentáneo, una especie de paradójico egoísmo altruista, de individualismo comunista, o, en otras palabras, el triunfo del deseo, la fantasía y los sentimientos particulares sobre la razón política común en su sentido más noble. Por mucho que sus apologistas más prestigiosos quieran persuadirnos de lo contrario, es difícil concluir que se han superado los viejos y sólidos programas políticos cuando lo que se señala como elemento superador es una incontinente lista de los Reyes Magos redactada por niños que ya no creen en los Reyes Magos.
El tan coreado y cansino lema antimediaciones del “No nos representan”, que los más exaltados del movimiento arrojan de continuo contra el cuerpo político sin distinción, como una acusación desdeñosa o una desautorización radical, es en realidad un “No nos representa nadie, ni siquiera nosotros mismos”. El 15-M en su conjunto sospecha de todo mediador y de toda delegación de funciones, sin exceptuar siquiera la de los agentes negociadores elegidos por ellos mismos de entre sus filas, de manera que hace imposible toda forma de democracia y de política en sentido genuino. La democracia sin adjetivos, incluso la democracia directa y participativa que tanto reivindican los “indignados” y que adánicamente creen encarnar en sus indómitas asambleas, no es un proceso de discusión que se agota en esa pura discusión interminable, no es una charla sin fin y sin mesura por el simple placer de la charla altisonante y el discurso egocéntrico, no es un parloteo inconsistente que se remata con una acrítica aclamación general de cualquier iniciativa o parecer que remen a favor de la corriente y del credo de los reunidos, sino que constituye una forma de gobierno, una determinada manera de organización del poder, un modo de tomar decisiones y de dirigir una comunidad. Lo único que puede variar de una democracia a otra es la forma de participación en esa forma de gobierno, pero en todo caso ha de haber participación y ha de haber gobierno, han de establecerse maneras organizadas de acceder a las discusiones legislativas y maneras organizadas de mandar, pero no puede hablarse de democracia de ningún tipo si esa supuesta democracia carece, como ocurre en las asambleas antipolíticas de las plazas conquistadas, del segundo término, del momento directivo, del poder organizado, que no puede existir sin alguna especie de legítimo “en nombre de otros”. El gobierno democrático puede ser representativo, entendiendo por tal gobierno aquel en el que al pueblo soberano sólo le es dado elegir a sus parlamentarios, que son los que participan luego en las discusiones de la asamblea y en las decisiones de gobierno, y puede ser directo, lo que significa que el pueblo soberano discute personalmente y elige sin intermediarios a sus gobernantes, sin delegar en otros la discusión más básica pero delegando en un determinado momento en ciertos representantes efímeros y controlados, porque no todos caben a la vez en el mismo espacio, ni todos valen para mandar o para ejecutar ciertos mandatos, ni la ratificación universal simultánea de cada propuesta presentada es sinónimo de gobierno democrático, puesto que tanto la presentación de las propuestas como su aprobación o rechazo pueden ser llevadas a cabo sin voluntad directiva alguna, como puro flujo irracional o anarquía impulsiva, o pueden infiltrarse como voluntad directiva oculta, es decir, como gobierno desapercibido. De tal manera que también la democracia directa requiere algún tipo de representación política, porque no hay gobierno sin representación (todos a la vez no pueden gobernar y la afluencia no guiada de iniciativas arrolladoras no es una forma de gobierno) ni hay democracia sin gobierno. La confusión conceptual más corriente se debe a que en la clase de democracia denominada “directa” no existe una casta profesional gobernante, una elite establecida que controla todos los accesos al poder, una parcelación ideológica sectaria en bandos militantes jerárquicos y disciplinados, por lo que en este caso es más fácil que quede de manifiesto que la democracia es el gobierno de uno mismo: nosotros nos damos las leyes y nosotros las cumplimos; de nosotros y por nosotros salen quienes nos gobiernan y nosotros les obedecemos porque así nos obedecemos a nosotros mismos. Pero este pueril movimiento libertario que ha irrumpido en escena sin las mínimas nociones políticas necesarias siente una repugnancia irremediable y una innata desconfianza hacia toda forma de gobierno y, por tanto, rechaza inconscientemente toda forma de democracia, no sólo la llamada “representativa” sino también su venerada “democracia real” o “directa”, quedando reducido a una mera charla inacabable, redundante y banal y a una toma despótica de decisiones por parte de una abrumadora fuerza invertebrada.
El socorrido “Consenso” que tanto idolatran estos demócratas ejemplares, el mito de la unanimidad asamblearia sin fricciones ni disonancias al que permanentemente apelan los reunidos en asamblea, y que se expresa con una ridícula agitación silenciosa de manos alzadas, es un espejismo ideológico que perjudica seriamente el proceso de toma de decisiones al frenarlo y obstaculizarlo, favoreciendo el sabotaje realizado por la minoría disconforme y sólo la aprobación de las propuestas más abstractas, ambiguas, desbravadas y vacías de contenido, por ser éstas las únicas que pueden contar con el asentimiento general de un público cambiante con intereses heterogéneos. Para evitar la tiranía de la mayoría acorde se fomenta la tiranía de la minoría en desacuerdo, se alienta una especie de camuflado derecho a veto que siempre está a disposición de la facción más intransigente, aumentando de este modo el grado de rigidez y severidad de las decisiones tomadas, puesto que la mayoría más flexible tenderá por definición, si desea impedir el colapso asambleario, a ceder ante la enrocada minoría extrema que no da su brazo a torcer. Debido a esta despistada idealización de las asambleas, que constituyen sin duda el sistema más adecuado para participar en libertad junto a nuestros iguales, se defiende un funcionamiento tergiversado que niega los liderazgos naturales y persigue el anonimato aplanador, así como ese imaginario consenso neutral que se supone respetuoso con todas las facciones en disputa pero que en la práctica resulta en todo lo contrario: en el más férreo control ideológico, en la imposición más despótica por parte de los que llevan la voz cantante, en la erección de un clima coactivo subliminal que impide o dificulta la libre expresión de las opiniones que no van a favor de la tendencia dominante establecida por los dirigentes extraoficiales, de tal manera que no es descabellado considerar que hay más diversidad de pareceres políticos en el tan denostado Parlamento oficial que en estas cámaras espontáneas de ideología prácticamente única. Este tipo de asamblea trucada y manipulada decide siempre lo que ya de antemano está decidido que se tiene que decidir. Pueden darse fuertes discusiones entre dos corrientes ideológicas de peso, pero jamás una polémica honrada, sincera y libre de prejuicios con las pocas voces discrepantes que en un primer momento le objetan a estas mareas victoriosas y que pronto callan y desisten de su empeño, al constatar el panorama de cerrazón u hostilidad que se opone a sus propuestas, tan derrotadas de antemano como predeterminadas están las votaciones que salen adelante.
El concepto de democracia directa y participativa, tan querido a este movimiento, también se deforma y mal entiende cuando se censura el reconocimiento espontáneo de los líderes, la distinción natural de los dirigentes más aptos, de los que, terca e insensatamente, se espera que demuestren lo contrario de lo que son y que se condenen a exhibir un perfil reducido e irreconocible, a diluirse a la fuerza en ese anonimato de la masa que contradice su naturaleza señalada y a renunciar, por el bien de la autoestima ajena, a todo brillo personal y a toda conducción resuelta de los asuntos comunes. De este modo se incentiva, por un lado, la mediocridad orgullosa y el odio a la excelencia, porque la grisura propia es vista como una virtud civil encomiable, mientras que todo el que destaca es mirado con suspicacia y resentimiento por poner en entredicho con su mera existencia la vanagloria general, y, por otro lado, se fomenta la irresponsabilidad pueril y la desvinculación oportunista, porque la masa anónima está más cerca de la turba indolente e incontrolable, que no se ata a nada ni acepta encomiendas, que del individuo responsable de sus palabras y sus actos que se echa sobre sus espaldas una serie de cargas y deberes, del agente identificable al que se le puede exigir que rinda cuentas, que cumpla sus compromisos y que mantenga sus promesas. Junto al arrasamiento de estas destacadas voces particulares que voluntariamente se anegan y disuelven en el incógnito océano de la masa, aunque en la práctica sigan ejerciendo un control más determinante y sutil de lo que nadie está dispuesto a admitir, se reclama el correspondiente grado débil de organización, puesto que toda estructura fuerte y consistente es vista como un peligro de oficialismo infecto, como un contagio impuro de un movimiento prístino y angelical que es propiedad de todos y de ninguno. La anulación de las relevancias y la precariedad de las estructuras conllevan necesariamente una ausencia absoluta de criterio y de forma y, por tanto, de acción y pensamiento. Entre la formación de una inamovible casta burocrática y la ausencia total de toda forma de gobierno hay un término medio que aboga por la organización de unas estructuras sólidas y abiertas que puedan albergar la libre toma de decisiones políticas, el verdadero gobierno asambleario y la elección, basada en los méritos demostrados, de unos líderes temporales renovados periódicamente y no encuadrados en asociaciones partidistas. Estos gobernantes que no se imponen desde arriba cual dioses olímpicos inaccesibles, y a los que tampoco se les impone quedarse hundidos y aplastados en el fondo como viles gusanos, han de ir ascendiendo progresivamente a través de asambleas de creciente competencia y mayor importancia, siendo sostenidos y juzgados en todo momento por la base popular. Al verse obligados cada poco tiempo a dejar sus cargos y a ceder su turno a otros nuevos dirigentes, evitan el anquilosamiento profesional y las inercias corruptoras propias del sistema de partidos sin que su fragilidad se extienda al resto del sistema de asambleas. La auténtica asamblea democrática, por tanto, ha de elegir, de entre los oradores que destacan de forma natural en las discusiones parlamentarias y que de este modo se van haciendo un nombre, de entre los más persuasivos líderes innatos que cuentan con la simpatía y el reconocimiento mayoritarios, a sus efímeros y aglutinadores representantes, a los delegados que han de dar forma y contenido a toda esa caótica masa en movimiento.
Puesto que sus integrantes sólo hablan en público “a título personal”, todo lo que aseguran ante los micrófonos sus pseudoportavoces, como cuando una pareja de desconocidos declara a los periodistas que ellos rechazan la violencia, carece de todo interés, sentido y valor, puesto que es como si se dirigiera a nosotros un grupo de irresponsables niños mimados que se lavara las manos en el estropicio provocado por su pandilla. Contradictoriamente con este individualismo extremo e inmediato, determinadas personas que aseguran participar en el movimiento no tienen el menor empacho en utilizar desvergonzadamente a la prensa para desmarcarse de las desagradables acciones llevadas a cabo por otros movilizados, como si estos otros no fueran en cierto sentido también ellos mismos, como si no pertenecieran al mismo “Nosotros, los indignados” y como si esos “portavoces que afirman no ser portavoces” no estuvieran reconociendo ya este hecho en el preciso instante en que convocan simulacros de ruedas de prensa para que los periodistas recojan sus declaraciones bajo titulares del tipo “El 15-M dice lo siguiente:…”. Ningún periodista en sus cabales acudiría a sus conferencias propagandísticas si no atribuyera a esas fuentes informativas alguna capacidad de hablar en nombre de todos, ni transmitiría las opiniones de los convocantes si no les considerase símbolos de algo distinto y mayor que ellos. Si nadie puede atribuirse su representación, ni esos insultados políticos ladrones ni sus propios y honrados compañeros de filas, si se trata de un movimiento ilimitado que pertenece enteramente a cada persona a la que se le antoje declararse miembro, entonces todo el mundo les representa y cualquiera puede hablar en su nombre, incluso la purria desatada, el activista sanguinario o el indignado ultramontano. Por eso es tan cómico y desconcertante oír de qué manera esos supuestos portavoces puristas -que subrepticiamente se atribuyen una legitimidad representativa de facto, al mismo tiempo que niegan de forma enfática estar hablando en el lugar de los otros- rechazan las acciones violentas de ciertos sujetos vehementes que actúan bajo la cobertura del movimiento, como si hubiera un auténtico movimiento que sería pacífico por naturaleza y que constituiría un ente substancial y determinado, mientras que ciertos movimientos parciales producidos en su seno resultarían inauténticos y parásitos, como si no fuera cierto que el 15-M es una integración acrítica de numerosos movimientos facciosos igualmente legítimos desde su propio punto de vista, como si existiera un “espíritu original” de este movimiento que fuera otra cosa que esa asimilación indiscriminada de distintas facciones irritadas, como si alguien, basándose en ese supuesto espíritu discerniente, pudiera hacer una criba entre las facciones válidas y los comportamientos que no tienen cabida. Así, pues, se nos pide que aceptemos que habitualmente nadie puede arrogarse su representación, pero sólo hasta que ciertos sujetos que no consideran necesario identificarse se erigen y no se erigen en encarnaciones momentáneos del espíritu del 15-M, espíritu que, paradójicamente, consiste en la oposición radical a toda representación, atribuyéndose la potestad de dar y quitar a su antojo carácter representativo al resto de los grupos. Si realmente existe un espíritu del movimiento, y si ese espíritu no es la pura y simple indiscriminación de las palabras y los actos que se amparan bajo su manto, es decir, la pura y simple ausencia de espíritu, entonces puede distinguirse quién se instala dentro y quién se queda fuera, quién pertenece a los verdaderos “indignados” y quién ha de ser expulsado de sus filas, quién está autorizado a hablar en nombre de todos los movilizados y quién no es representativo de los que se mueven. Un hecho significativo e hilarante, que muestra a qué ridículas situaciones conduce el extremismo anti-mediaciones, se dio en una gran marcha festiva del 15-M en Barcelona, encabezada por una inquietante y siniestra pancarta que coincidía exactamente con el punto de vista intolerante y exclusivista de un arrogante represor dictatorial (“La calle es nuestra”, es decir: “Podemos apropiarnos del espacio que pertenece a todos porque nosotros somos el verdadero poder soberano, porque nuestra pequeña parte representa el todo, aunque luego aseguremos descreer de todo tipo de representantes”). Lo asombroso y grotesco del caso es que, para mantener la coherencia ideológica y no empañar su simbolismo angélico, gente anónima cercana a los primeros puestos de la manifestación se encargaba de sostener por turnos la pancarta, evitando así la tan temida solidificación de los liderazgos y el despreciable reconocimiento de los cabecillas.
Esta irreflexiva aversión del movimiento a toda forma representativa se podría volver en su contra cuando pierda apoyo ciudadano, cuando quienes hasta entonces se identificaban con esta confusa protesta de protestas exclamen al unísono con indignación, refiriéndose a los indignados oficiales, “¡No nos representan!”. Pues lo que sirve para deslegitimar a las instituciones democráticas sirve para deslegitimar a cualquier fundación que se pretenda más democrática que ellas, por débil y precaria que sea su estructura. En el momento en que el movimiento del 15-M rechaza que alguien pueda presentarse válidamente en lugar de otro, está afirmando en realidad que su movimiento empieza y termina en la gente que en cada momento se presenta como “indignado”, por lo que, en el hipotético y fantástico caso de tomar el poder, todo aquel que se desvinculara del movimiento, que no comulgara con él, que no se convirtiera a la victoriosa oleada de indignación, que no se entregara acríticamente a la corriente triunfante, tendría que ser expulsado del país o quedar abandonado al margen de la esfera política, puesto que ni el nuevo gobierno podría hacer oír esas voces discrepantes ni esas voces discrepantes tendrían cabida en unas asambleas en las que cada componente habla por sí mismo imbuido de cierto espíritu indefinible. Lo más paradójico y alarmante del asunto es que del orgulloso personalismo egotista de los “indignados”, de esta adhesión exclusiva y fanática a la propia persona de que hacen gala continua y contradictoriamente, así como de su extraña idea de lo que debe ser la democracia verdadera, se desprende que seguir órdenes anónimas, convocatorias sin firma y consignas de las que se ignora la procedencia, es decir, apoyar las opacas propuestas de individuos desconocidos con intereses ocultos e intenciones secretas, que no se atreven a declarar su nombre ni a dar la cara, que carecen del valor necesario para responsabilizarse de sus iniciativas, que arrojan la piedra y esconden la mano, sería una conducta ciudadana más democrática y transparente que obedecer a unos gobernantes visibles y reconocibles, que se presentan ante la opinión pública con nombre y apellidos, que se hacen responsables de todas sus decisiones y que al lanzar la piedra exponen el pecho indefenso a toda clase de críticas. Pese a los numerosos y graves defectos mencionados, relativos a la mala comprensión de la idea democrática y a la deriva poético-sentimental del movimiento, no conviene olvidar que incluso estas burdas asambleas pervertidas hacen posible de algún modo que muchos de sus participantes adquieran cierta experiencia de la libertad y el poder, todavía confusa y subterránea, que no es posible obtener con otras formas de participación civil más superficiales o petrificadas. Es este positivo asomo de una vivencia inusual y radical lo que ha empezado a entrever buena parte de estos jóvenes hasta entonces desinteresados por toda clase de enfrentamiento social: el orgullo de luchar junto con sus iguales por una causa justa, el sentimiento de plenitud del que cree estar tomando decisiones cruciales que afectan al conjunto de la sociedad, la mentalidad fundacional de los que se unen con un propósito constituyente y son tomados en cuenta y apoyados por la ciudadanía en general… Aun siendo en realidad tan impotentes como siempre y tan incapaces como nunca de dar un sentido adecuado a todas esas nociones, han vislumbrado por un instante su extraordinario poder potencial y el resto de inmensas posibilidades políticas que se han entreabierto ante ellos.
La insolvencia intelectual o moral que impregna todo el movimiento se descubre fácilmente en el hecho de que sus integrantes hayan reclamado en cierto momento sus derechos de reunión, de expresión y de manifestación, como si hubieran peligrado en alguna etapa del proceso de alteración del orden y no les hubieran sido siempre debidamente garantizados. No es difícil adivinar que lo que en realidad exigen, camuflándolo ignorante o maliciosamente bajo esta rimbombante reclamación jurídica, es un imposible derecho de invasión, conquista, ocupación indefinida y gobierno exclusivo del espacio público, es decir, un derecho de acampada reivindicativa inventado a propósito, que es algo muy distinto de un derecho constitucional y que en realidad sería un permiso privilegiado, una ventaja otorgada o un premio inmerecido que impediría al resto de ciudadanos ejercer sus derechos de reunión y manifestación en aquellas plazas tomadas por los que hubieran recibido tal favor gubernamental, a no ser que se avinieran a compartir o soportar sus dogmas, sus quejas y sus procedimientos. El espacio público es, efectivamente, un bien de todos, pero eso no quiere decir que cualquiera pueda establecerse y eternizarse en él como si fuera su propiedad privada, sino que significa, entre otras muchas cosas, que nadie puede apropiárselo indefinidamente ni acampar en su interior tiránicamente. Como es obvio, cualquier grupo de personas atrevidas puede, a pesar del alto riesgo de que lo desalojen por la fuerza y le impongan el correspondiente castigo, instalarse durante semanas o meses en las plazas más céntricas de las grandes ciudades, pero en tal caso ha de ser consciente de que lo único que podrá alegar en su favor no es un fantástico derecho de acampada sino su propia valentía, su arrojo, su dignidad, sus ansias de justicia o la causa supuestamente justa que desee blandir como su más elevado y noble impulso, arrostrando las consecuencias legales y posiblemente dolorosas que tendrá que sufrir a causa de su osada acción ilegal. Pero es indecente y vergonzoso buscar la protección de un derecho imaginario, blindarse cobardemente tras una pantalla pseudolegal y exigir a los mismos poderes públicos que se atacan y se invalidan que le garanticen a uno el levantamiento y la conservación de un precario campamento allí donde le plazca plantarlo. Resulta de extrema gravedad ocupar un espacio público y erigirse en su gobernante absoluto como ha hecho este movimiento privilegiado que, favorecido por la permisividad de sus enemigos y por la complacencia de la elite intelectual, ha desalojado a todo el que paseaba por las grandes plazas urbanas sin ánimo de protesta, a los humildes comerciantes habituales, a las parejas de enamorados, a las familias, a los niños, a los ancianos, a los turistas y a los vagabundos e inmigrantes que se refugiaban allí para pasar la noche. Muchísimo más grave que invadir y ocupar una propiedad privada manifiestamente abandonada es invadir y ocupar en beneficio propio una propiedad inapropiable manifiestamente utilizada. Las plazas son espacios vacíos que eventualmente se llenan de gente renovada de continuo, no espacios permanentemente llenos a rebosar con usuarios inamovibles que monopolizan sus servicios y los someten a una imparable degradación.
En uno de los muchos manifiestos surgidos a propósito del 15-M puede leerse, a imitación de la célebre exigencia hippy pregonada a los cuatro vientos por el cantante de The Doors, “Lo queremos todo, lo queremos ahora”. Pero pedir de inmediato la totalidad de las cosas a quien quiera que sea el receptor del mensaje es en verdad mucho pedir, más aún cuando en el fondo los demandantes no pretenden iniciar una auténtica revolución, ni podrían hacerlo en el caso de que quisieran patrocinar y dirigir un estallido revolucionario para el que tendrían que prepararse a conciencia, ni están siquiera por la modesta y factible labor de negociar algunas reformas concretas con los poderes públicos competentes. Al ser una lucha meramente romántica contra los ricos y los poderosos no es una lucha real. Toda auténtica revuelta política requiere una planificación militar o paramilitar que asuma la impureza de la realidad, el barro de los hechos, el posible e indeseado derramamiento de la sangre de soldados y civiles propios y ajenos, puesto que no tiene sentido político fiarse a la esperanza en un combate aséptico e ideal del que resultaría, como por arte de magia, el triunfo inevitable y sin sufrimientos de los rebeldes y un nuevo amanecer regalado por la fatalidad de la historia o, lo que sería una forma menos metafísica de decirlo, por la inexplicable abstención bélica o rendición milagrosa del enemigo. A diferencia del visionario esteta de buenos sentimientos, el revolucionario político genuino, que ha de aunar en su persona la planificación pragmática y la persecución idealista, se dispone a enfrentarse realmente con el enemigo real, se prepara para asaltar los puntos vitales del sistema y aprende la mejor manera de lograr sus objetivos, sin perder nunca de vista que la lucha por la hegemonía puede ser cruenta, sucia y terrible y que debe esperar la resistencia más férrea y cruel por parte de los poderes dominantes a los que planea atacar. En otras palabras: el luchador verdadero nunca olvida que puede perder, que puede perderlo todo y que puede perderlo todo de la manera más dolorosa. Sin estos tres temores siempre presentes en el ánimo y en la mente, como peligros que hay que tratar de limitar mediante el análisis científico del adversario, el cálculo racional de la estrategia y el entrenamiento concienzudo de las capacidades combativas, no puede darse una auténtica conciencia revolucionaria, como no se da, por estas mismas razones, en la mayor parte de quienes se oponen hoy al sistema, a veces como una pacífica comparsa semicircense y a veces como una violenta horda inmoral, pero siempre con la frívola despreocupación del que sabe sin lugar a dudas que no enfrenta peligros reales más allá de una momentánea contusión, una pequeña multa o, en el peor de los casos, un breve período en la cárcel.
No es improbable que muchos de los ahora movilizados denostaran en su momento la última huelga sindical por haber sido convocada por unos defensores de los trabajadores que, al definirse como legítimos representantes de una determinada clase social, no pueden ser reconocidos ni apoyados por los que abominan de toda representación, pero lo cierto es que esa protesta no se contentó con aspirar en vano a ser popular y política, sino que lo fue de veras y en todo momento, mientras que la protesta del 15-M es poética y juvenil y sólo reúne un gentío en apariencia popular cuando refrena su vehemencia intrínseca, cuando invita al prójimo indistinto a sumarse a algún acto pacífico preparado sobre todo por jóvenes y cuando asegura la desunión política de los egocéntricos participantes, es decir, su existencia en tanto derrame de monarcas autosuficientes y no como unidad popular aglutinada por una misma idea solidaria, su irrupción pública como una avalancha de airados clientes insatisfechos que pide a la empresa incompetente una hoja de reclamaciones personalizada y no como una combativa población organizada que busca bienes generales e intereses de clase a través de principios compartidos, su presencia en tanto precaria alianza internacional de soberanos absolutos y no como soberanía nacional unida de suyo. Los objetivos de la huelga general eran claros y concretos y el enemigo y sus políticas hostiles estaban perfectamente identificados, puesto que, aunque los sindicatos actuales hayan renunciado a la esencia socialista y a la conquista proletaria del poder, aunque estén felizmente apoltronados en el sistema y cómodamente subvencionados por sus adversarios, aunque la mayor parte de las críticas que reciben sean justas y merecidas, aún no han olvidado las prácticas de resistencia obrera más elementales, que conocen y conservan gracias al valioso legado de su quebrada tradición revolucionaria. Se esté más o menos de acuerdo con el modo contemporáneo de emplear ese antiguo saber, debe admitirse que no existe todavía una nueva forma de organización de los intereses de los trabajadores, un modelo más convincente y eficaz de autoprotección de los dominados que fuera capaz de sustituir y mejorar a los transigentes y aburguesados sindicatos mayoritarios. Por lo que se refiere a las revueltas árabes, también es indudable la claridad de sus actos y sus pronunciamientos puesto que la insurrección popular pide el fin de la tiranía y se dirige directamente al tirano de turno, aunque cada cual añada luego a estos objetivos nucleares de inspiración revolucionaria burguesa una serie complementaria de quejas y deseos de su propia cosecha. La ocupación de las plazas árabes tenía el carácter de medio para lograr el fin común, mientras que la ocupación de las plazas españolas se ha convertido en un fin en sí mismo o, lo que es lo mismo, en un medio para lograr todas las cosas a la vez, es decir, en algo que sirve para todo y que, por tanto, es un fin absoluto, pues no puede haber un fin mejor que poseer el medio con el que se obtiene como por arte de magia la totalidad de los mejores fines.
Plantarse en las plazas donde todos miran y escuchan es encontrarse en los espacios públicos fundamentales, a saber: en parlamentos callejeros alternativos desde donde se lanzan fantásticas proclamas legislativas. Es ocupar el centro de la política mientras dura el interés y el apoyo de la ciudadanía, que implícitamente considera a los ocupantes como representantes suyos más autorizados y auténticos que la ensimismada casta política, como agentes populares incorruptibles, dispuestos a barrer las cosas sucias de este mundo con una indignada escoba y un afán higiénico prestados por Los Sirex, como vecinos idénticos a uno mismo que se han hartado y explotado y que están listos para solucionar con dos meneos lo que en siglos no han resuelto los que más sabían del asunto. Por supuesto, esta impresión de centralidad determinante se destapa como un triste espejismo desde el momento en que estos para-parlamentarios no están por la labor de erigirse seriamente en portavoces y conductores del ciudadano disgustado, ni tienen la capacidad de dar el más difícil y decisivo de los pasos: el de alzarse de veras frente al poder dominante y pedir para sí mismos el reconocimiento popular declarado, es decir, que se les considere como el único poder legítimo de la nación, pero no como un poder cualquiera entre otros muchos, ni como un poder pasajero suplementario, ni como un poder correctivo desinfectante. Esto supondría un verdadero desafío no sólo para el poder establecido sino también, y sobre todo, para esa mayoría ciudadana que ahora les apoya y que seguirá apoyándoles mientras el apoyo sea fácil, inocuo y de mentirijillas, mientras la defensa liviana de esta protesta multicolor no tenga consecuencias personales para el que la apoya desde una distancia segura, mientras no comprometa a nadie a nada realmente serio, sacrificado y crucial. Se objetará con toda la razón del mundo que es exagerado, o poco realista, pretender que se dé en la España actual un alzamiento de este tipo y que no se les puede pedir tal insensatez a estos comedidos muchachos rebeldes, pero entonces hay que reconocer que toda esta teatralización de una actividad insurrecta multitudinaria no es más que un juego adolescente, que los movilizados por esa infinidad de causas justas y urgentes no están haciendo otra cosa que jugar morosamente a los revolucionarios sin ser conscientes de que son simples jugadores y sin advertir que su ocupación estruendosa del espacio público central es simplemente una broma redundante y cansina, una divertida y frívola algaraza que nunca pretendió llegar a ser un acontecimiento grave y decisivo dirigido con la responsabilidad y el rigor correspondientes.
En el caso de las revueltas árabes, tanto por lo que se refiere a las finalmente triunfantes como a las momentáneamente estancadas, el movimiento de insurrección anónima actúa de una forma tan distinta a la de los españoles indignados que no deja lugar a imposturas lúdicas ni a bromas banales. En esos herméticos países tribales, cuyas buenas gentes han sido desde hace largo tiempo reprimidas con crueldad y sometidas a férreas tiranías eternizadas y asfixiantes, lo primero que hicieron los admirables rebeldes indignados que decidieron levantarse contra su infame régimen opresivo, esos auténticos resistentes políticos que no se entretienen jugando a ningún juego pseudopolítico, porque arriesgan realmente su vida y la de los suyos en cada osada acción que emprenden, fue apropiarse de los foros más adecuados para hacer llegar sus valientes mensajes a sus aterrorizados paisanos, como después copiaron los jóvenes españoles, indignados con todo lo que ocurre en el mundo, al trasplantar esas conquistas extranjeras razonables a un país donde los mensajes no son valientes ni los ciudadanos están aterrorizados. Pero mientras el indignado español se detuvo en ese punto o hizo ver que proseguía adelante, el árabe en rebeldía dio de veras un golpe heroico, un paso determinante, al proclamar desde esas peligrosas plazas asediadas, con voz potente y diáfana, “Aquí mandamos nosotros y nadie más que nosotros”. Una vez clarificado el estatuto con el que los sublevados árabes, hambrientos de Estado de derecho y de bienestar democrático, se presentaban a sus conciudadanos para que éstos reconocieran o invalidaran sus pretensiones identitarias, dieron al Gobierno y al Ejército el mandato fundamental que hay que dar cuando no se aprueba a los gobernantes y se aborrece su régimen. Basándose en su convicción de haberse erigido en portavoces legítimos del pueblo y de haber sido reconocidos como tales por la mayor parte de sus paisanos, estos rebeldes que no se consideraban rebeldes, porque no aceptaban que a un tirano despiadado se le deba obediencia alguna, podían y debían considerarse el único poder soberano auténtico de la nación y, por tanto, tuvieron que ordenar al Ejército y a la corte del dictador la inmediata destitución del falso soberano que usurpaba el poder. Pese a las absurdas y obscenas equiparaciones de uno y otro movimiento, que se han venido perpetrando desde algunas tribunas de nuestro país, a tanto no han llegado ni llegarán los grupos juveniles españoles, cada vez más sectarios y radicales, que se contentan con la réplica superficial, desnaturalizada y falsificada del genuino fenómeno árabe. Esto es así porque, al sufrir el traslado del contexto original predemocrático a un ámbito democrático consolidado, el fenómeno político y racional basado en claras reivindicaciones burguesas primarias se ha tornado poético y sentimental, al desplazar su base hacia ambiguas reivindicaciones infrasocialistas, introduciendo en la esfera política formas expresivas, tipos de verdades y clases de pulsiones que son extrañas a ella y que la pervierten con su peligrosa toxicidad.
Por mucho que los propios organizadores secretos del barullo protestante se atribuyeran desde el primer día, con la pretenciosa jactancia que es propia de los años mozos, la hiperbólica e ilusa etiqueta “SpanishRevolution”, lo cierto es que cualquier parecido de ese caos anhelante con una revolución política en sentido estricto es pura casualidad o mera imprecisión. Ni su objetivo es la toma del poder político por parte de la clase dominada, ni los jubilados, los parados, los estudiantes y los trabajadores precarios, que integran el pintoresco grueso de las fuerzas “rebeldes”, forman parte de los engranajes decisivos del sistema sin los que éste correría el peligro de colapsarse, sino que han sido arrojados al margen o prácticamente a las afueras del orden social, unos como sobras costosas y otros como reservas inútiles, estos como inversiones fallidas y aquellos como parches efímeros. Y es que por no ser, el 15-M ni siquiera es una revuelta política o un levantamiento popular porque, pese a toda su fanfarrona palabrería, su intención última no es el ataque directo al poder ni nadie está dispuesto a morir por la causa que se está defendiendo, sea ésta la que sea. De momento, el frívolo maremágnum de protestas no va más allá de la denuncia de ciertas carencias del sistema, de las fantasías reformistas o demoledoras y de la obstaculización de algunas instituciones vitales, es decir, sólo se plantea hacer de peor manera lo que ya están haciendo ciertos personajes principales del orden democrático presente, sin atreverse a proponer en ningún caso un sistema alternativo mejorado, concreto y factible ni una manera sensata y justa de perfeccionar el actual.
Inmediatamente después del imprevisto estallido del movimiento del 15-M, cuando las epidémicas conquistas de espacios públicos centraron toda la atención informativa de la semana, era el momento en el que algún portavoz capacitado de los protestantes tendría que haber expresado, sin ambigüedades y ante toda la expectante nación, en qué querían convertirse o en qué se habían convertido ya. Las posibilidades de configurarse como una organización social delimitada y reconocible que entonces tenían a su alcance pasaban por transformarse en una fuerza política convencional, defendiendo ante los electores su larga lista de deseos incoherentes en la forma de un programa político coherente; defender una serie de intereses finitos a la manera de los sindicatos obreros, es decir, como un influyente, asimilado y subvencionado grupo de presión oficial que negocia con el Gobierno y los poderes competentes diversas reformas concretas que afectan a sus representados; o erigirse en vanguardia revolucionaria socialista, preparando sobriamente y alentando propagandísticamente la dirección política rigurosa y científica de las próximas insurrecciones populares. Por desgracia, al final la forma que inconscientemente ha adquirido este movimiento opuesto a toda forma es la peor que podía haber adoptado, pues a ratos se convierte en una circunstancial y vana demostración de fuerza malhumorada, que demuestra asimismo su debilidad, su inmadurez y su confusión, y en otras ocasiones se transforma en un intratable y agresivo grupo de presión sectario, que acosa, intimida y sabotea a sus enemigos declarados y que se queda a medias de todo lo realmente decisivo, emulando en cierto modo a las pandillas de matones callejeros del País Vasco, aunque éstas reciban de forma jerárquica sus instrucciones, estrategias y objetivos. Si no evoluciona hacia formas organizativas más consistentes, los distintos partidos políticos despreciados por este 15-M a la deriva acabarán aprovechándose, cada cual a su astuta y carroñera manera, de todo este clima de indignación popular moribunda, manipulando esa indómita energía sin dueño con el fin de adaptarla a sus depredadores intereses partidistas, unos porque exhiban su firmeza inquebrantable ante los desórdenes públicos, otros porque muestren su sensible comprensión con las reivindicaciones que no se antojen quiméricas. Es cierto que, pese a su informe constitución y sus frágiles expectativas, un movimiento herido, alborotado y crecido como éste puede pasar de inquietar y poner nerviosa a la elite política a atemorizarla y sobresaltarla periódicamente, y de ahí a provocar incluso tambaleos más serios del sistema, pero entonces sería imprescindible, por el bien de todos los que no se adhieran a semejante bullicio nihilista, que de la indefinida voluntad de un cambio general y de la definida voluntad de un negacionismo perfecto se pase a una serie clara, sensata y precisa de determinaciones políticas positivas, para que no se le imponga a los dormidos ciudadanos que no hayan despertado con el alba indignada una terrible y muy concreta pesadilla disfrazada de vagos sueños de felicidad.
Cuando ya el cansado movimiento se autodisuelve sin remedio, y mientras no se constate lo contrario, hay que concluir que toda la indignación se ha reducido a sacar a la calle las mismas miserias inconfesables que se ocultan pudorosamente en la privacidad de las viviendas que administra el movimiento okupa. El fenómeno onanista del 15-M quedó inmovilizado en su propio fango en el mismo instante en que decidió instalarse sin fecha de partida en las plazas mayores de las grandes ciudades, porque esta parálisis física le obligó a exhibir ante el mundo su acrítica riqueza de ideas, es decir, su indigencia crítica de ideas. Esa detención pública de lo propio bajo la detenida observación ajena condujo a los mismos problemas internos y a la misma decadencia inevitable que sufrieron las estancadas ocupaciones universitarias que protestaban contra el plan de Bolonia. Durante el interminable encierro de estudiantes en las diversas facultades españolas se aceleró e intensificó el proceso de podredumbre y desintegración de esa amorfa energía sin cauces ni destino, puesto que las acciones antes frescas y espontáneas se viciaban por momentos dentro de ese espacio opresivo y desmoralizador, al condenarse voluntariamente a la rutina, la fórmula, el cliché, la endogamia, el aislamiento, la fricción y el relajamiento. No debe olvidarse la verdad más obvia: que lo esencial para todo movimiento político o social es que logre mantenerse en permanente movimiento, tanto en sentido literal como en sentido figurado. La instalación sedentaria en esos espacios públicos, en las universidades y en las plazas, es una manera de encierro morboso en sí mismo a la vez que una durísima exposición a los agresivos focos de la opinión pública, y esta combinación de clausura y apertura, de privacidad y publicidad, de interiorización e invasión, semejante a la exhibición de las ofertas mercantiles que restan atrapadas en un escaparate comercial, provoca que un movimiento fuerte y sano se enferme y debilite al entrar en colisión centrípeta y mostrar sus crecientes debilidades. Una de las soluciones que han sido propuestas y aprobadas para escapar de este penoso conflicto corrosivo consiste en propagar el contagio reivindicativo de estos agentes enfermos por los barrios periféricos y las pequeñas ciudades, pero este aparente remedio socializador de la protesta significa en realidad que se consiente y fomenta la desintegración de lo esparcido, puesto que en los barrios alejados del centro y en los pueblos alejados de la capital necesariamente ha de menguar, hasta reducirse a una ridícula presencia anecdótica, todo movimiento multitudinario cuya fuerza y resonancia dependan de la intensa concentración de las voces, de la extensa suma de simpatizantes y de la radiante visibilidad de los puntos neurálgicos. Dispersarse voluntariamente por la insignificante periferia de las grandes ciudades, en vez de regresar periódica y brevemente a los núcleos cruciales, es lo mismo que darle el trabajo hecho a las fuerzas del orden llevando a cabo un estúpido suicidio colectivo.
De todo este estéril alboroto, de todo este cúmulo de intentos fallidos, de todo este decepcionante despilfarro de energía emancipatoria, quizá tan sólo quede, en el mejor de los supuestos, un conmovedor vislumbre utópico, un fugaz relampagueo promisorio, una señal de esperanza que no indica otro camino que su propio señalar, pues lo cierto es que está por ver si en este lugar vacío, que han dejado abierto el hundimiento práctico de todo edificio humano y la anulación teórica de todo lo que fue un bien supremo, brota algo bueno y saludable, se enraíza una existencia fraudulenta y venenosa o no se cultiva otro fruto que la más ruidosa y atractiva nada.

 

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